La experiencia del viaje y la escritura

“Les vrais voyageurs sont ceux-lá seuls qui partent pour partir” (Baudelaire, Le voyage)
El auténtico viajero es el que anhela la experiencia del viaje, el viajar como experiencia. No es viaje para llegar a un lugar predeterminado, sino viaje para transitar y explorar. Viajar es partir, y partir es cortar amarras. Viajar como experiencia es proyecto solitario. Exige el arte de extraviarse y transitar senderos abiertos, sin mapas, suspendiendo certezas.
Hay algo del orden de lo traumático en toda experiencia de viaje, pues implica el abandono de la amabilidad de lo familiar y cotidiano, es desasimiento de las redes invisibles que nos sostienen, es pérdida de las coordenadas que orientan en un mundo conocido, es despojo de las cosas que pueblan nuestro universo de sentido. El verdadero viaje es siempre fruto de un corte topológico; lejano y cercano, exterior e interior, dejan de distinguirse... El corte en el plano trae una transformación.
El viaje es demora voluntaria en el transitar. Es riesgo, abismo, pavor y misterio. Es abandono de la vida muelle sin ningún faro como guía. Es apuesta a la oscuridad. Es noche voluntaria pero también exhuberancia y extraña riqueza, que se libera en la incertidumbre del tránsito por lo realmente desconocido. Sólo en la oscuridad puede surgir la propia llama que alumbra el camino singular por hacer y recorrer.
El viaje, es finalmente, apertura a nuevos mares, nuevos cielos y nuevas experiencias multicolores. Apertura a lo incomprensible, apertura a lo inefable. El acto de habla, se convierte entonces, en un hablar para nada y para nadie. El hablar deja de ser un responder a Otro... El decir se vuelve un intento de transmitir la propia experiencia de lo no verbalizable. Es un bordear anhelante, que busca nombrar, lo que se sabe, es imposible de nombrar.
La escritura del propio viaje es transmitir la experiencia singular para incrustarla en hojas no perecederas. Se vive, se habla y se transita de un modo singular, y ese modo singular , es el que se procura escribir. Se escribe para dejar esa marca singular, esa marca que es nuestra obra, obra que nos crea como sus autores...
No hay verdadero viaje sin escritura, la escritura pretende transmitir un devenir solitario y único, empujando las fronteras de lo meramente individual para que trascienda...
No hay verdadera escritura sin viaje, viaje por los meandros del propio ser, que tiene que ingeniárselas para apropiarse de lo más ajeno que tiene. El lenguaje que lo habita, y que ha tatuado su ser, debe ser transformado en un decir absolutamente singular, pero ya no privado, sino abierto a lo universal...
Imagen: el seductor, René Magritte
Etiquetas: reflexiones filosóficas - migrar

