sábado, 25 de septiembre de 2010

Miopía humana, demasiado humana






La miopía aleja y mantiene a raya las impudicias de la espinosa realidad. Ella cede a la imaginación el trabajo de completar lo que no se alcanza a ver. La imaginación, con su fuerza plástica, puede terminar una imagen con un esfumado o con un brillo que realza una escena. Afinar los rasgos toscos. A veces, hace ver sonrisas y miradas bienhechoras sin importar los estímulos del sustrato-fuente. No ve la malicia hasta que está muy cerca, de modo que mientras tanto no existe. Cuando ya se la puede percibir, cabe cerrar rápidamente los ojos como último recurso, o ensayar cualquier otra forma de huida. ¡Hay tantas! Lo más notable son los espejos, ellos reflejan de un modo verdaderamente especial: sin rugosidades, sin huecos, sin manchitas, ni surcos ni granos. La miopía viene con el programa de fotoshop incorporado. Y aquí se empieza a olfatear el problema. La fotoshop iguala y elimina las rarezas!

Para evitar malentendidos... No voy a criticar la miopía y su tendencia imaginativa a favor de la realidad, más de carne y hueso. No voy a ubicarme en el dilema Miopía vs. Realidad. ¿De dónde vendrá esa grosería de creer que una realidad de carne y hueso es mejor, por sí misma, que una que no lo es? Hay realidades e irrealidades chatas, así como realidades o irrealidades valiosas que incitan a crecer. Ahora sigamos…

Si bien la miopía embellece todo con imaginación, hay que decir que existen más de un tipo de imaginaciones. Está la que consuela dopándonos pero que muy pronto se revela estéril para transformar la realidad y para la verdadera creación. Entonces: ¿cuál es el verdadero problema de la miopía? La miopía no sabe distinguir. Iguala lo valioso con lo no valioso. Borra las intensidades. Homogeneiza las riquezas que brindan las diferencias.

Una imaginación creadora exige enfrentarse con el material que habrá de transformarse para crear. Una obra singular que llegue a plasmarse más allá de lo puramente imaginario, solo puede surgir desde una visión que sepa distinguir y sea capaz de mirar rugosidades, agujeros, reconocer distancias y diferencias y tolerar el caos de sensaciones! Sólo desde allí podrá surgir una peculiar ‘forma que se crea’, en lugar de una ‘forma estándar que se consume’.

Nada menos natural que querer ver y querer saber. Somos originariamente y primeramente seres miopes y siempre preferimos los dulces engaños. Exige una fuerza muy poderosa el tomar distancia de la lente normalizadora del rebaño. Exige una gran valentía avanzar en el camino del ver y del conocer la verdad, verdad particular que siempre es la de cada quien. Pero precisamente por ello, sólo desde el conocimiento de la dura verdad es que podremos producir algo propio y según el deseo que nos habita. Algo valioso de lo cual nos enorgullezcamos. Se trata entonces de ver mejor para imaginar mejor y poder transformar...

Claro que también se puede elegir “ser feliz”. Ser feliz a cualquier precio es el mandato del rebaño que nos ofrece lentes, valores para consumir y caminos predeterminados. Lo más natural de mundo es huir de la verdad, todo empuja a ello, quizá nunca nos enteremos si teníamos algo especial para ofrecer. Es que los tesoros están siempre cerca de los abismos, si evitamos estos últimos también nos alejamos de los primeros.

Hay momentos vitales en que, más que una elección, se produce en nosotros una decisión que nos toma por sorpresa, es un acontecimiento, una revolución, y ya no queremos los señuelos ni consuelos, sean reales de carne y hueso o imaginados. Nos impulsa el duro deseo de crear...

Crear y crearnos para estar a la altura de nuestra propia rareza.



imagen: Retrato de Madame Recamier de David, de Magritte

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