martes, 22 de julio de 2008

Lengua materna, mía y ajena


"Mi patria es la lengua portuguesa" asegura Pessoa. Impactante manifiesto que expresa el amor a su lengua y la confianza en ella... Su lengua lo cobija. Pero la propia lengua no siempre cobija, más bien pocas veces si lo pensamos con honestidad. Jacques Derrida afirma que "la única lengua que hablo no es la mía", la única lengua que hablo me es ajena y a la vez me marca y me hace quien soy….

Soy hablada por el lenguaje que primero es del Otro y he recibido. La lengua habita cada uno de los rincones de mi cuerpo y de mi ser, pero no es mía. Pero es a ella a la que vuelvo siempre, una y otra vez, como si fuera mi casa. Amparada o no, espero de ella algún sentido y solo de ella lo obtengo de vez en cuando. Mi intimidad está tejida de sus cifras. Es esa ajena lengua la que ha conquistado los silencios de mi carne y marcándola ha producido sentidos y sinsentidos, cantos armoniosos y otros más aterradores silencios…


La lengua, mi patria que es muelle y me expulsa, mi casa que ampara y se derrumba, mi intimidad que a veces deviene ominosa ajenidad. Paradoja de la lengua materna. Marca de lo extraño en lo más mío de mi ser. Alienación que me constituye… ¿Pero cómo escribir lo singular con lo absolutamente ajeno que me es la lengua?


Lengua mía y extraña que me habita, me abre una intimidad posible y me permite poblar diferentes mundos variopintos… Probablemente, ésta es la verdadera “experiencia de lo extranjero”, experiencia de ajenidad radical que me separa y une a los otros seres humanos… Quizá solo después de esta experiencia se esté en condiciones de descubrir la novedad y la belleza del mundo y de los múltiples otros; también de escribir algo realmente singular con lo único que tengo, mi lengua, aunque me sea lo más ajeno.





imagen: tower of Babel, Brueghel

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Drácula


http://www.youtube.com/watch?v=MCirK6psNoU

La versión de ’Drácula’ de Francis Coppola desinstala la caricatura de vampiros malvados y se desplaza hacia una historia de Amor con mayúscula. Es una película de amor sublime con las imágenes más sensuales que yo haya visto… Es de una sensualidad sutil, espiritual, irresistible.
Sus personajes son complejos, todos y cada uno de ellos. Drácula está dotado de una humanidad e inhumanidad inocente. Voluptuosidad no culpable que fascina y espanta por su excesivo resplandor. Me conmueve ese Drácula que busca a Mina desde toda la eternidad, siendo ella, solo ella, la que lo moviliza a través de los tiempos; es una idea poderosamente cautivante.
Es bellísimo el primer encuentro, como al azar, en la calle. Solo basta que se crucen sus miradas. Se reconocen. Irrumpen como únicos entre la monotonía de la multitud que se vuelve más monótona, más insípida y más gris. Es Ella. Es Él. La atracción es de una necesidad imperativa y los envuelve. Son ellos que se han buscado sin saberlo y finalmente se han encontrado. Una profunda certeza irrumpe desde lo más íntimo de cada uno de ellos. No sabían que habían sido huérfanos de amor hasta ese momento. Júbilo, alivio y a la vez presión anhelante que sospecha el sufrimiento ante la ausencia. Presienten el gozo y el dolor profundo de que serán capaces a partir de ese momento... Es un instante eterno en que saben, con la certeza de lo evidente, que no podrán detener el despliegue de ese poderoso amor.
Dos escenas memorables: aquélla en que Mina, conectada con su amado, y con el poder que él le confiere -y a través de palabras implorantes-, hace que se muevan las nubes para que demore la llegada de la luz, y así, llegue él a su sarcófago donde recobrará su poder... Me estremece el solo recordarlo y escribirlo, es bellísima esa escena.
Sin dudas, la escena cumbre de sensualidad y erotismo, es aquélla en que Drácula ingresa como brisa entre las sábanas de Mina y se produce el encuentro sagrado, el ritual sutil, singular, sin estereotipos... La sangre corre! La sed verdadera irrumpe y no puede ser saciada ya con cualquier cosa. Momento trágico, divino, terrible en que la crueldad de verter sangre se transforma en un acto de escritura que busca inscribir el lazo eterno entre dos cuerpos, dos almas, dos seres.
Ese final de amor sublime, donde él la rescata a ella y ella a él. Mina descubre toda la pasión de que es capaz, gracias a Drácula. Él es liberado por ella de ese estado de muerto en vida en que se encontraba.
No más palabras…

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